Libro de cuentos, de historias de viajes, de sueños y amores. Reúne 11 cuentos, que por su tratamiento alcanzan una dimensión universal. Recrea algunos mitos como el de Don Juan. Pasto. Ed. Testimonio. 1992. 126 p.
Precio: $10.000. US $ 5
El enigma indescifrable
*Mención de honor en el Concurso Nacional de cuento Prensa nueva. Ibagué, diciembre de 1986
Su nombre había comenzado a figurar en las páginas literarias de un periódico de provincia de notable circulación nacional. Ciertamente no era un nombre común, pues a primera vista se trataba de un seudónimo, lo que indujo a muchos lectores a tratar de establecer su identidad.
Llamaba la atención el enfoque original con que trataba los temas y todo indicaba que era un erudito profesor. Por los libros y autores que citaba se deducía su predilección por el pensamiento francés contemporáneo: Sartre, Foucault, Deleuze, Derrida, Blanchot, pero el preferido era Barthes, cuyo libro Fragmentos de un discurso amoroso, constituía su libro de cabecera. Se complacía en transcribir: “El lugar más erótico de un cuerpo no es acaso allí donde la vestimenta se abre?
Cuando los lectores se habían familiarizado con él su nombre desapareció sin que el periódico diera ninguna explicación. Había muerto? Fue nombrado en un cargo público y por dignidad suspendió sus colaboraciones? O se ausentó del país para un viaje de estudios o para ocupar un cargo diplomático? O había interrumpido temporalmente su trabajo para revelar luego su identidad o adoptar otro nombre?
El misterioso caso empezaba a olvidarse cuando apareció un homónimo suyo en un Foro Nacional de Filosofía n San Juan de los Pastos. Tenía ciertas afinidades intelectuales y reveló aspectos que despertaron gran interés.
Era un hombre joven, de aspecto bohemio, que vivía inmerso en la literatura y la soledad. Parecía un personaje ficticio y tenía un aire fantasmal. Tímido, en apariencia, permanecía silencioso hasta que el licor desataba su lengua para recordar versos del poema Embriagáos de Baudelaire: “Siempre hay que estar ebrio. Eso es todo: tal es la única cuestión: para no sentir el horrible fardo del tiempo, que os quebranta los hombros y os doblega hacia el polvo, es menester que os embriagués sin tregua. De qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo. Pero embriagáos”
Y contaba historias:
La de un hombre que vivía en la periferia de una ciudad mediana en una casa de alquiler a pocos pasos de un río de aguas turbias y pútridas. Sin embargo, era el paraíso de los gallinazos y de los muchachos que lo habían convertido en un lugar de diversión pública.
Era un profesor universitario y procedía de una región del altiplano andino, que dejó en su adolescencia para trasladarse a la capital. Su temperamento y experiencia mundanas que había adquirido en los años universitarios lo capacitaban para adaptarse a cualquier circunstancia. Las limitaciones económicas que lo acompañaban, el marginamiento de la capital, la estrechez física de su nueva morada, atiborrada de libros y de botellas vacías de varios licores, eran su hábitat.
Tomaba las cosas con resignación y buen sentido del humor. La vida es dura decía, pero tiene compensaciones. A la pobreza y estrechez económicas, corresponde la riqueza espiritual, para apropiarse de la belleza del mundo: los días luminosos, el crepúsculo con sus arreboles, las noches estrelladas y titilantes, la quietud infinita y sensación de libertad de las aguas vespertinas, los valles con sus ríos, el horizonte azul, el goce metafísico de las alturas, el misterio profundo del mar, la fuerza impetuosa y seductora de las cascadas, la música de las fugas de Bach que nos transporta a la eternidad.
La ensoñación le permitía descubrir la cara oculta de las cosas. Se bañaba en el río, pescaba en él cuando el hambre lo acosaba, vivía en estrecho contacto con la naturaleza. Nadaba, imitando a Capax, hasta Torobajo, lugar de su trabajo, y a veces, las aguas lo conducían hasta el mar.
Transfería identidades.
A una novia fea pero dueña de un gran capital, a quien le había prometido matrimonio civil en segundas nupcias,, a cambio de un viaje de luna de miel a Venecia y otras ciudades europeas, para hacerle el amor solía colocarle máscaras de actrices de cine y de mujeres célebres. Alternaba sensual y plácidamente con Marylin Monroe, Sofía Loren, Brigitte Bardot, la descomunal Anita Eckberg, María Félix, Sonia Braga, pero no todo se reducía a la posesión sexual. Preparaba el escenario para la actuación de María Callas y Edith Piaf. Se complacía en que se conociera su última conquista: Martha Senn, cuya voz y belleza, decía, lo colocaban en la gloria.
Se transportaba al infierno para conquistar a Cleopatra, así tuviera que rivalizar con César y Marco Aurelio del goce supremo. Para mostrar su sensibilidad tropical, bailaba apasionadamente con Celia Cruz, la reina rumbera. Cuidaba mucho de que su prometida no se convirtiera en Dalida, la cortesana, para no perder sus fuerzas hercúleas.
Amaba la noche, que esperaba con ansiedad. La ciudad adquiría una dimensión surrealista. Le introducía en la vida anónima e individual. Recuperaba su seguridad y se extrovertía: visitaba los bares para oír salsa, boleros, libando y bailando con Yolanda, su amante, hasta el amanecer cuando el hechizo terminaba.
Original o nó, nadie podía identificarlo plenamente. Pero si fuera necesario descifrar el enigma, él suele frecuentar el bar Mindanao, todos los viernes.
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