Dubitaciones
Pedro, a pesar de su madurez, experimentaba una escisión en su personalidad cada vez más aguda que no lograba comprender...
Para tratar de encontrar una explicación trató de reconstruir su vida y volvió a los más remotos lugares de su memoria.
Tenía vagos recuerdos de su infancia, pero su nombre, Peter, un diminutivo cariñoso con que lo llamaba su madre; el espejo que le permitió reconocerse; el álbum de fotografías en blanco y negro y en colores, que registraba su nacimiento hasta la edad en que ya se delineaban en él las facciones más notorias de su padre, le proporcionaron más detalles.
El rostro de su madre, un poco borroso y extraño al comienzo y luego más familiar, la imagen de un Dios creador, principio y fin del mundo, salvador, bueno, pero inasible, como le enseñaron en la escuela, le daban más seguridad, pero quedaban lagunas...
Con alegría recordaba las caras dulces y sonrientes, los cuerpos lúdicos, la imaginación y fantasías prodigiosas; había sido un mundo feliz y su pérdida muy dolorosa.
Lo ideal pensaba y dejaba entrever mucha nostalgia, sería poder encarnar a Peter Pan para no crecer y evitar el mundo de los adultos.
La adolescencia, fue la edad rebelde, de dudas y confusión, de goce físico y espiritual, los años de los primeros amores. Alicia le hizo conocer el amor de los corazones, la felicidad y se sintió casi en la gloria. María, esbelta y sensual, en cambio, le abrió las puertas del goce carnal hasta la plenitud, que como grandes dones de la vida, marcaron otros rasgos de su personalidad.
A pesar de las vacilaciones en escoger una profesión- había comenzado a estudiar ingeniería civil, que supuestamente le daría trabajo y estabilidad económica- finalmente optó por filosofía y letras. En sus cálculos había percibido que la ingeniería, las carreras técnicas carecían de una base humanística y el éxito económico no era suficiente.
La filosofía en cambio podría darle el poder de la razón para comprender y explicar todo, hasta su propia existencia; las letras, una cultura literaria, la posibilidad de orientar su rica fantasía, de explorar el mundo de lo imaginario, y quizás de escribir.
Pero lo que quizás marcaría profundamente su vida fue el mundo de la embriaguez al que se introdujo ocasionalmente en las reuniones, fiestas universitarias, a pesar de su reserva y contención.
Sólo la vida profesional con su secuela de nuevas y grandes experiencias le haría conocer los secretos y placeres del licor, de la cultura de la embriaguez y allí, suspiraba con más alivio, podría encontrarse la clave del problema.
El alcohol y el vino, a medida que los consumía transformaban su personalidad, le inspiraban actos idílicos o de repulsión.
Había adorado a Sonia, su bella amada, entre las candidatas al trono.- Era alta, de fina silueta, tierna mirada y aire nostálgico; su blonda cabellera parecía el nido de los sueños y personificaba el amor- suspiraba al recordarla con regocijo.
En otra secuencia aparecía una imagen borrosa de la que sólo alcanzaba a distinguir algunos rasgos masculinos, y cuando la identificaba, hacía un gran esfuerzo para que desapareciera pero como persistía, la retenía para llamarlo no antropólogo sino antropófago por su fisonomía y por cierto canibalismo de que hacía gala.
Su cuerpo esquelético, de talla mediana y rostro oriental, casi oculto por una espesa barba y unas gafas de miope, corroboraban esa impresión, así como su malévola y maniática propensión a murmurar, perseguir sin tregua y destruir a quienes no se sometieran a sus mezquindades y a su desenfrenado apetito de poder.
Su espíritu dogmático e intolerante lo colocaban en la primera fila de la policía del pensamiento. Pedro no podía soportar más esta figura odiosa y repulsiva, sacudía con fuerza su cabeza y la imagen desaparecía.
La embriaguez que le prometía la bebida al comienzo le producía un ensimismamiento, un sentido temporal de su yo: se llamaba Pedro, había cumplido 45 años de edad sin problemas de salud, salvo los trastornos normales derivados del alcohol.
Luego entraba como en un estado de evasión, su rostro cambiaba de expresión, se comunicaba efusivamente con sus amigos sin más pausa que para tomar otra copa, beber luego abundantemente, contar historias con una gran memoria y fluidez: historias de amores intensos, fugaces y de ocasión.
Quería reanudar sus viajes, conocer más y más mundo. Había pasado largas temporadas en Europa, especialmente en París donde hizo estudios de posgrado, pero ciudades de Africa y Asia, como El Cairo y los lugares donde se originó la civilización, de gran interés y atracción para él sólo existían en el mapamundi y en los libros de historia.
Tenía tiempo para Esperanza su amada, pues quería casarse y formar un hogar, pertenecer a un club social, a un partido político, practicar una religión, un deporte, destacarse profesionalmente, en fin, realizar, plena, satisfactoriamente el proyecto de su vida.
El profesorado le daba estabilidad económica y tiempo para leer y escribir. Leía y releía Bajo el volcán, obsesionado por la soledad y la desesperación del personaje, su recurrencia al alcohol hasta los abismos del delírium tremens. Se sentía atraído por la afirmación de Lowry de que la vida es una “verdadera historia de embriaguez”.
Escribía un libro de cuentos a partir de historias y pasajes casi autobiográficos. Los personajes tenían rasgos comunes, caracterizados por la soledad, la búsqueda incesante del amor, de la amada, hasta la posesión sexual. Intentaba recrear el mito de Don Juan y el del doble. Alvaro, personaje de uno de sus cuentos al comienzo no tiene nombre, aparece en una escena, desaparece en otra. Durante el día es un profesor de filosofía, le gusta escribir; en las noches que para él adquieren aspecto mágico visita a Yolanda, su amante, en el bar Mindanao, se embriaga, baila boleros y salsa, y hacen el amor hasta el amanecer.
Quería liberarse de todo compromiso y vínculo laboral y llegar a ser un hombre libre y soberano. En ese estado recitaba: - Cambio mi vida / juego mi vida / de todos modos la llevo perdida / la troco por una sonrisa y cuatro besos / ...todo me da lo mismo ...
Cantaba y bailaba como poseído por el espíritu báquico y hacía mil ofrendas. Después lo sobrecogía una pesada somnolencia y caía pesadamente en la sala. Media hora después despertaba confundido, sobresaltado, sin saber dónde, con quiénes se encontraba, ni qué había pasado..
Solía frecuentar la casa de Jorge, un colega de trabajo en la universidad, menos adicto al llamado “néctar de los dioses” pero dueño de un apetito carnívoro tan voraz que le deformó el estómago impidiéndole cumplir los deberes conyugales y disfrutar de los placeres de Venus.
Pedro llegaba allí sin previo anuncio y consumía vodka de 40 grados y no el licor habitual.
La noche oscura y silenciosa no dejaba percibir otro ruido que no fuera la música, las palabras de la conversación y el sonido agudo del choque de las copas cristalinas.
Pedro, visiblemente perturbado interrumpió el diálogo para preguntarle a su amigo: -¿ Quiénes son esos tipos que llegaron?- Y más disgustado agregó: - ¿pero por qué no me contaste que vendrían?-.
Jorge creyó que su amigo bromeaba y no se inmutó pero al ver que él insistía comprendió que deliraba, entonces para calmarlo le dijo:- Son Raúl y Juan, nuestros colegas de la universidad, ¿ no los reconoces ?-.
Pedro cambió de expresión, se incorporó dándoles un fuerte abrazo, los invitó a sentarse y a tomar un trago. La emoción lo embargaba y en pocas palabras les dijo: - Les participo que estoy a punto de conquistar a Ana, nuestra alumna -, para que dejaran de cortejarla.
Pedro, contra lo que esperaba vio a sus amigos muy complacidos; hablaron sobre el trabajo común, sobre la situación de la universidad que pasaba por una etapa muy convulsionada por la disputa de los grupos políticos de izquierda, de la injerencia del gobierno que menoscababa la autonomía universitaria y de la importancia de la irrupción de la mujer en la universidad y en la vida pública.
El interlocutor hacía preguntas, alzaba y bajaba la voz pero llegó un momento en que nadie le respondía; el silencio comenzó a perturbarlo, entró en un estado de agitación, sentía fiebre y un temblor empezó a recorrerle el cuerpo hasta que se desvaneció...
El retorno de Pedro a la “normalidad” era traumático y doloroso y se agudizaba cuando tenía que afrontarlo solo.
Volvía a plantearse la pregunta inicial pero ya tenía otros elementos para explicar mejor lo que le sucedía. Por la lectura atenta de un libro supo que existía y coexistía con otro yo, que dos tendencias obraban sobre su personalidad. Una de ellas localizada en el hemisferio izquierdo se regía por la razón, la lógica, la memoria, la abstracción. La otra situada en el hemisferio derecho correspondía a la libertad, a los sueños, a la creatividad, a lo extraño, lo obscuro, al mundo de lo inconsciente...
Esta teoría, advertía el autor en el prólogo, no puede asociarse a la antigua visión maniqueísta religiosa sino a la existencia de dos funciones mentales.
Será este, pensó con asombro: - ¿ un antagonismo insuperable o será posible una cohabitación, un estado de equilibrio entre ellas - ?
Esta idea lo perturbó más y le hizo pensar en el extraño caso del doctor Jekyl y del señor Hyde, dos personajes aparentemente distintos y contrapuestos.
Jekyl, un científico respetable y destacado podría pertenecer a la primera esfera, y el señor Hyde, un joven libertino, sensual, un poco deforme y propenso al mal y al crimen, a la segunda. Pero esta historia por paradójica que pareciera revelaba que Jekyl y Hyde eran las dos caras del mismo personaje.
Pedro despertó horrorizado luego de una prolongada e intensa noche de bohemia. Estaba nervioso y confuso, pues no acertaba a explicarse si el horrendo crimen de Ana – su cuerpo mutilado y ensangrentado había quedado disperso en la sala – lo había cometido él o Raúl o Jorge, sus amigos, o si se trataba de un delirio. - No puede ser verdad tanta crueldad - pensó muy apesadumbrado, salvo - que hubieran caído en un estado de locura – agregó. Con gran temor descolgó el teléfono y llamó a Ana. Un estado de angustia infinita sobrecogía su alma. Al timbrar por quinta vez respondió una voz que no parecía la de Ana. – ¿ Eres Ana, eres Ana ?– preguntó con desesperación. Ella le respondió que sí y le dijo que por qué lo dudaba. Pedro entonces, más tranquilo le contó la pesadilla.
Pedro se encontraba en una situación muy extraña y sin salida, como si estuviera sometido al cumplimiento de un destino inexorable.
Frente a lo irremediable, pensaba, un poco más seguro, no hay más remedio que resignarse y esperar.
Ya no le importaría lo que sucediera y mientras destapaba la botella decía y repetía:- Ah, de la vida, ¿ quién me responde ?
Luchas telúricas
A los Quillacingas, comunidad amerindia del sur colombiano pertenecían los pueblos de Consacá y Churupamba, en un extenso dominio. Tenía como otras sociedades agropastoriles, fuertes vínculos con la tierra que explicaban su razón de existir. La tierra y sus bienes eran comunitarios. Pero esta especie de estado edénico y natural no podía perpetuarse y se interrumpió con la llegada del invasor español y la introducción de la propiedad privada. Durante la Conquista los dos pueblos fueron incendiados y empezó el despojo de sus tierras.
Don Juan Nieto, un hombre mestizo, de baja estatura, obeso - en la gordura había encontrado otra forma de crecimiento - y ambicioso, en 1599 había pedido la adjudicación de 26 caballerías, lo que representaba otra amenaza para los derechos de la comunidad indígena.
Para evitar la pérdida total de estas tierras la autoridad creó un resguardo indígena. Las presiones, sin embargo, continuaron y las concesiones no se limitaron al antiguo pueblo sino que se extendieron al resguardo. Así se formó en 1677 la hacienda "Consacá" en perjuicio del resguardo, ya que los indios fueron integrados a ella como concertados y "apegados".
Don Ignacio Rosero, su nuevo dueño, un hombre de mediana estatura que presumía de tener una piel más blanca y cuya vida transcurría entre el campo y la ciudad, entre las prácticas religiosas y los deberes conyugales, se propuso convertirse en el más grande y poderoso hacendado de la región.
Para impedir la pérdida total de sus tierras, pues la expansión había llegado a siete mil hectáreas, los indios se vieron obligados a acudir a la Real Audiencia.
Don Ignacio, temeroso de la intervención de la autoridad se apresuró a declarar: - los indios no son de Consacá sino de Yacuanquer, un pueblo lejano -. Además, dijo públicamente: -¿ por qué los indios reclaman lo que nunca había existido?- y agregó:- ¿qué autoridad tienen quienes carecen de fondos, de licencia real, de sacerdote que los instruya ?-
El proceso judicial comenzó con la inspección de los terrenos. El protector de indios se preparó debidamente, pero se sorprendió al ver que el pueblo había desaparecido... Sólo quedaban algunos restos que podrían corresponder a las casas y a la iglesia.
José Mocondino, cuya figura - rostro ancho, frente estrecha, labios abultados, cabellos negros y lacios- y apellido contrastaban con los del propietario y a quien la cristianización no había aplacado completamente dijo:- ¡ no es posible que nuestro pueblo haya desaparecido de la noche a la mañana, sospecho que ha habido manos extrañas ¡-
El protector comprobó que la concesión inicial era de veintiséis caballerías y ordenó que la hacienda se redujera a esa extensión y se constituyera realmente el resguardo.
El caso fue tratado en la Real Audiencia de Quito hacia 1820 por los oidores de su majestad, el procurador Manuel de Echavarría en representación de don Ignacio Rosero y por José de Contreras, protector de indios.
El procurador, en tono altisonante y despectivo advirtió: - Se cometería un gran abuso si los vecinos blancos fueran despojados de sus propiedades heredadas de sus padres y antepasados, hace cerca de doscientos años ¡- .
El fiscal, luego de escuchar con paciencia al procurador respondió:- los derechos de los indios se apoyan en las Leyes de Indias, en las Ordenanzas de Felipe II y en la Recopilación de 1680. Sus antiguos derechos deben ser restituídos. Además, dijo resueltamente: - la escritura de 1735 explica la existencia del pueblo -.
El caso despertó muchas expectativas y se especuló sobre su resultado, pero al término de algunos meses de ese mismo año Fernando VII por cédula real confirmó la devolución de las tierras a los indios quienes procedieron a ocuparlas.
La bella altiplanicie de la hacienda, los vivos matices del verde de sus cultivos, contrastan con la accidentada geografía del contorno: la imponencia del volcán, vigía del sur, morada de los cóndores, fuente de leyendas de vida y muerte; el caudaloso río que horada, fecunda la tierra y le da formas múltiples y caprichosas.
La posesión, el usufructo de las tierras con todos sus dones sólo duró hasta 1845 cuando los herederos de don Ignacio Rosero vendieron la hacienda de Consacá al coronel ecuatoriano José Manuel Patiño, que más tardó en recibirla que en expandirla en perjuicio del disminuído resguardo.
En 1868 Consacá fue comprada por don Manuel Guerrero, otro potentado terrateniente, que haciendo honor a su apellido completó de inmediato la invasión del resguardo, lo redujo al pueblo de Consacá, le incorporó doscientas hectáreas y despojó al resguardo de las escrituras de propiedad de las tierras.
La cadena de males no terminaría con esta nueva usurpación, pues cuando los indios recuperaron las escrituras Guerrero ya había fallecido y las tierras fueron divididas en las haciendas de Consacá y de Bomboná. La primera de ellas fue subdividida en siete fincas y la segunda quedó en manos de los herederos de Guerrero.
La extinción del resguardo en 1950 marca otro capítulo de la lucha indígena por la tierra y sus derechos seculares.
Pocos años después Bomboná fue invadida repetidas veces por campesinos para protestar por las relaciones laborales imperantes. El setenta por ciento de ellos trabajaba en la hacienda y el resto provenía del cercano pueblo de Yacuanquer .
En la hacienda vivían 103 familias de conciertos y aparceros y 31 jornaleros trabajaban en ella esporádicamente. Solo estaba permitido el matrimonio católico y un tercio de la población era analfabeta. El trabajo comenzaba en la niñez, el promedio de vida era muy corto y solo el diez por ciento de los pobladores superaba los 50 años.
Los propietarios utilizaban el setenta por ciento de la mano de obra sin remuneración en las 471 hectáreas cultivadas. Éstas y otras anomalías fueron denunciadas por los líderes campesinos y provocaron una gran controversia.
Después se conocieron otros casos no menos escandalosos: un mayordomo regulaba las relaciones entre los propietarios y los aparceros. Recibía un porcentaje de los patronos por su trabajo y por el control de los aparceros. El día laborado se marcaba en dos trozos de madera, uno de los cuales era entregado al aparcero.
Los aparceros o amedieros recibían una o hasta tres parcelas a manera de préstamo que pagaban según su extensión con el cincuenta al setenta y cinco por ciento de las cosechas. Esta limitación los obligaba a buscar trabajo en la hacienda que aunque mal pagado, (entre 2,50 y 3,50 pesos diarios) y sin alimentación, les permitía completar el sustento de sus familias.
Llamaba la atención lo que se denominó el medieval concierto o contrato verbal. El concierto o agregado cultivaba de una a tres hectáreas cuyo alquiler debía pagar con dos o tres jornadas de trabajo de doce horas al propietario. Éste aprovechaba al agregado para que hiciera otros trabajos y le pagaba la mitad del jornal corriente (por una hectárea debía trabajar 54 días y 104 por dos hectáreas, 104 días más $125 por tres hectáreas).
A este mundo infrahumano pertenecían los subaparceros o especie de subempleados quienes remplazaban a los aparceros cuando éstos debían trabajar en la hacienda. Vivían a orillas de la carretera en precarias condiciones y sólo recibían el veinte por ciento de las cosechas asignadas a los aparceros. Los patronos los utilizaban en trabajos ocasionales hasta de cinco días a fin de no pagarles los dominicales ni las prestaciones legales.
La mujer vivía más subyugada. Regularmente tenía seis hijos - la tercera parte de ellas se dedicaba al hogar - las otras a tareas en las parcelas o en la hacienda y sólo se les reconocía la mitad del salario masculino .
A esta vida miserable se sumaban los hijos de los aparceros y de los conciertos quienes cumplían pequeños menesteres y constituían una pesada carga para el mísero presupuesto familiar .
Los invasores protestaban por la falta de tierras y las condiciones infrahumanas de vida. En respuesta a la invasión Alberto Guerrero, un hombre alto, blanco, de ojos azules, de porte distinguido, de acendrado catolicismo y esposo modelo de la propietaria, asumió la administración de la hacienda y empezó a aplicarle modernos sistemas de producción capitalista. Como abogado dispuso la terminación de los contratos firmados en 1955 con los aparceros y conciertos y ordenó el desalojo de las tierras que ellos cultivaban y su anexión a la hacienda. Fueron expulsadas quince familias y pidió a los jueces la salida de otras.
El campesinado no desmayó en su lucha y organizó el movimiento de resistencia llamado "Sindicato de agricultores 7 de abril" que recibió el apoyo del Movimiento Revolucionario Liberal, un partido político de oposición al gobierno tradicionalista. Pidió la prórroga de los contratos, el reconocimiento de las mejoras y las prestaciones sociales mínimas.
El administrador, muy poseído de su nuevo papel ordenó que las 134 familias que quedaban fueran trasladadas a los lugares montañosos y abruptos de la hacienda.
Las implicaciones sociales, económicas y políticas de esta situación crearon una gran polémica en el país y obligaron al Instituto de la Reforma Agraria a intervenir y a proponer la expropiación de la hacienda.
Pero la reacción de lo que se llamó el contra-ataque feudal de los grandes propietarios, dirigido por Alberto Guerrero y secundado por un jesuita, apodado "El fariseo" y de quien decían "era un hombre a una nariz pegado" y dueño de incalculables riquezas materiales, no se hizo esperar .
Guerrero sabía lo que estaba en juego y se apresuró a decir: - ¡El Instituto de Reforma Agraria no puede intervenir la propiedad privada ni afectar derechos familiares seculares ¡ -.
En apoyo a su posición publicó un opúsculo para justificar el sistema de conciertos y aparceros como solución al problema agrario y defender la intangibilidad de las propiedades eclesiásticas. En un lugar destacado de la publicación advertía: -"¡el Concordato con la Santa Sede es inviolable!".
El rico y poderoso jesuita, por su parte, atacó violentamente al Instituto de Reforma Agraria, en el programa radial dominical de mayor sintonía que hacía en una de las emisoras de su propiedad, y con no menos dureza al Sindicato de trabajadores y a un sacerdote católico, provocando un duro enfrentamiento.
En la Asamblea regional de diputados y en el Parlamento nacional hubo agitados debates entre amigos y opositores de la Reforma agraria.
La violencia verbal del jesuita obligó al sacerdote agredido a denunciarlo ante la compañía pero el Provincial no pudo acallarlo a pesar de sus reiterados llamados. Estos hechos precipitaron la intervención del Instituto de la Reforma Agraria que ordenó la expropiación de la hacienda. El Instituto compró dos mil seiscientas hectáreas por un valor de $3'200.000 de los cuales los propietarios recibieron el cincuenta por ciento en dinero y la otra parte en bonos para pagarse en 15 años. Los dueños, sin embargo, se reservaron 202 hectáreas de la hacienda, las más ricas y productivas .
El Instituto inició un programa de reformas: estableció zonas de exclusión en dos mil hectáreas, de vivienda en otras veinte; destinó 96 hectáreas para cultivos de pancoger y 751 para parcelaciones. Creó empresas comunitarias para la explotación de caña de azúcar, la producción de panela, de sabajón y la reforestación.
Dispuso la construcción de carreteras, escuelas, un puesto de salud, una cancha de deportes; elevó en un ciento cincuenta por ciento los salarios y otorgó créditos a bajos intereses a los campesinos.
No fue fácil la adaptación de los campesinos a las nuevas formas de vida. Algunos abandonaron sus casas construidas en bloques; otros les hicieron reformas o rehusaron el crédito. Luego, con mucho trabajo entendieron el alcance de los cambios y se adaptaron a la comunidad.
El desprevenido visitante que hoy llega a Bomboná ignora la historia de la antigua hacienda y en las noches no acierta a comprender los extraños ecos, voces, quejas y lamentos que le causan pavor y vigilia.
Navidad trágica
El pueblo del valle de Atriz celebraba jubilosamente una nueva navidad. El aguinaldo, los inocentes, la adoración de los pastores, la estrella de oriente, los tres reyes magos, se jugaban y se representaban con la fantasía y el color del folklor local.
Pero en la noche una noticia perturbó el ambiente y creó un temor generalizado. El avión, un DC-4 que cubría el único vuelo desde la capital y transportaba 28 pasajeros casi todos ellos estudiantes, no llegó al aeropuerto local.
El cuarto día trajo mayor angustia y confusión pues la compañía hizo entrega de algunas maletas de los pasajeros sin dar ninguna explicación.
El pueblo impaciente y al borde de la desesperación decidió organizar varias comisiones para tratar de localizar el lugar del posible accidente. Una de ellas, de la que hacían parte un sacerdote, un militar, el jefe de rescates de la compañía, luego de tres duros y penosos días de búsqueda, localizó el lugar y horrorizada descubrió escenas dantescas.
Cuando recobraron la calma, el jefe de rescates y el sacerdote propusieron a sus compañeros que el lugar fuera declarado campo santo. A esta iniciativa se sumó audazmente en la ciudad otro religioso, a quien por su gran poder económico y político y los abusos cometidos se lo llamaba el Fariseo.
En los primeros días de enero el pueblo adolorido y perplejo vio pasar por la calle principal un cortejo fúnebre grave y silencioso. El obispo, el fariseo, el Gobernador presidían la marcha portando una urna con las cenizas de las víctimas en dirección a la catedral. Se celebró una misa de difuntos con gran solemnidad pero al final de la oración el obispo dijo: - Queridos hermanos, este hecho es doloroso pero es la voluntad de Dios, tened fe en Él. Ante lo inevitable no hay más remedio que esperar la resurrección de los muertos, - añadió.
El fariseo, para despejar dudas, con un acento un poco destemplado, agregó: - Prometo a ustedes quitarme la sotana y renunciar al sacerdocio si se comprobara que estas cenizas no son de los difuntos -. El gobernador, por su parte, les anunció su disposición de nombrar en cargos públicos a algunos familiares de las víctimas.
Las dudas, sin embargo, persistían. Los damnificados organizaron nuevas comisiones de búsqueda y luego de largas y difíciles jornadas, localizaron el lugar del siniestro en un pequeño valle, al pie de un cerro, cuya belleza parecía mitigar un poco el horror.
El cerro se llamaba Tajumbina cercano curiosamente al de las ánimas. La escena era macabra: cuerpos carbonizados, mutilados y en avanzado estado de descomposición acompañaban las partes dispersas del avión.
Los restos humanos fueron colocados en bolsas de polietileno, transportados en un helicóptero a la ciudad y sepultados en medio de un gran dolor e indignación. El caso produjo una gran polémica y protestas populares por lo que se consideró un engaño a la fe pública y una transgresión del código penal.
Ante el temor de que la tragedia quedara impune, el pueblo en varias jornadas realizó un juicio de responsabilidades. Uno de sus voceros expresó:- La compañía debe indemnizar a los familiares de las víctimas -¡ Otro de ellos advirtió:- El gobernador debe poner sus pies sobre la tierra y cumplir sus promesas -. El tercero, un ex-sacerdote de aspecto muy severo dijo: - Al obispo, al fariseo y su corte los condenamos a sufrir una pena moral en esta vida y los castigos reservados en el más allá a los traficantes de cosas sagradas!
Como una extraña predicción los implicados en el escándalo comenzaron a tener alucinaciones y sueños de terror que parecían eternos.
El gerente soñaba que algunos aviones de la compañía colisionaban contra cerros desconocidos; otros vuelos transportaban pasajeros sin rostro en viajes sin rumbo.
El gobernador, aterrado, veía cómo los pasillos, el patio y sus oficinas eran invadidos por gentes desesperadas y amenazantes que lo perseguían incesantemente en demanda de empleo.
El obispo y el fariseo, lanzaban gritos de dolor y trataban angustiosa pero inútilmente de salir de los pozos en que se encontraban boca abajo y de apagar las llamas de las plantas de sus pies.