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TRADUCCIONES | |||||||||
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Del francés:
PRESENCIA DE LOS DIOSES
Un soleil tournoyant
ruisselle sous l'écorce.
ELUARD
El mundo está poblado de
dioses.
No hay astro en el cielo, cima
solitaria o desierto de arena, abismo submarino que no visite la raza de los
dioses.
No hay vacío en el mundo, ni
materia carente de vida. Los dioses por todas partes presentes forman un todo
con el Cielo,
En toda porción del espacio,
en todo minuto del tiempo, el hombre olvidadizo y razonable afronta de repente
esta vida que limita la suya y que la
llena.
Los dioses lo protegen; lo
pierden. Son
Delante de los dioses: el
hombre…los dioses son el Destino del hombre.
Madre
única de todos los seres, no hay raza inmortal o mortal que no haya producido y
que no alimente. De su seno fluye lo divino y se divide en múltiples figuras,
en creaciones bellas y temibles.
Ha
creado, en las edades primarias, los Titanes soberbios, los Gigantes escamosos
y formas monstruosas de la vida que el tiempo y los dioses han reducido a la
noche.
Sostiene
las montañas, sus hijas, y los vastos bosques y el pueblo abigarrado de los animales.
Los
montes y los bosques están habitados de presencias inviolables. Los árboles
viven una vida secreta. Bajo su corteza, el hombre atento ve manifestarse su
divinidad amenazante. Una figura de mujer de cuerpo leñoso se escapa y baila
con sus hermanas en la claridad. Un hacha defiende estas hijas salvajes del
bosque. Se les oye cantar en las cavernas de la tierra donde tejen invisibles
telas. A veces bajan de la montaña, plantan alrededor de una tumba olmos que
expresan la duración de una gloria.
Los
bellos árboles son dioses visibles. Un plátano al borde del río levanta su
tronco blanco; sus hojas brillan al sol. Los humanos ingenuamente suspenden
ídolos a estas ramas cargadas de belleza.
Existe
un bosque de encinas que atestigua la verdad…
Figuras
extrañas de hombres-bestias pueblan las campiñas. Los sátiros son machos
cabríos y monos; son lascivos, retozones y bromistas. Son hombres. A veces niños
bonitos de orejas puntiagudas. Su flauta se escucha en los bosques de pinos.
Roban las uvas. Sus pies hendidos pisan la vendimia. Inventan juegos obscenos.
Se introducen en la tragedia que no desagrada. La naturaleza expresa en ellos
su impúdica vitalidad. Exhibe su desnudez. Hace el amor con esplendor y ríe del
sexo…
Las
aguas nacen de las grietas de la tierra. En el círculo de las fuentes, se ve
palpitar, entre las burbujas, los cuerpos de bellas niñas de cabellos de algas,
de ojos líquidos.
El
amor de las ninfas de las aguas es mortal a los hijos de los hombres. Sus
brazos encantadores encierran al adolescente que viene a llenar su cántaro a su
fuente. Le arrastran en el abismo helado…
La
tierra y el agua son divinidades elementales, más poderosas, más fecundas que
Júpiter y su cimiente de oro…
El
agua y la tierra se mezclan y fructifican. Los ríos abren surcos en el duro
suelo, desbordan en aluviones, en suaves praderas. Nacen ríos, procreadores,
como caballos enteros. Engendran llanuras de profundos surcos y razas de reyes.
El náufrago invoca las poderosas divinidades ocultas en sus desembocaduras…
La
lluvia celeste penetra el seno de la tierra. Hace brotar las flores de la
aridez del suelo, hincha los frutos, el trigo y el hombre nacen de la gleba
húmeda y negra…
Ulises
vuelve a su patria. Se arrodilla, besa los terrones alimenticios, besa la
tierra que produce el trigo…Luego entra en la gruta de las ninfas. Allá están
las reinas de las aguas, las hijas sin nombre, severas guardianas de la vida.
Allá se apilan las abejas. Ulises reza y deposita sus dones…
…Las
bestias son divinidades que se ocultan. Grandes dioses fueron animales, antes
de revestir la forma humana. Neptuno fue toro y Deméter yegua. Muchos, por
aventura, vuelven a tomar la figura de la bestia: esta águila, este cuco, es
Júpiter; este león, este toro, es Baco; esta golondrina es Palas.
En la
noche, la lechuza es la voz vigilante de Atenea. El hormiguero es una ciudad de
dioses-soldados. Los ojos del lobo brillan con un reflejo del resplandor de
Apolo, se le levantan estatuas. El caballo que se engancha al carro del
combatiente, de repente, habla bajo los arreos, y dice el porvenir… Si
encontráis un cangrejo muerto, enterradle y verted lágrimas. ¿Quién sabe qué
vida habitó esta caparazón?...-
Los
hombres para reunirse con los dioses, se disfrazan, en sus fiestas de animales.
Se hacen machos cabríos, osos y potros; se vuelven mirlas de agua, grullas,
gavilanes y representan tan bien su papel, que los dioses emplean su mímica y
les hablan…
Las serpientes
son divinidades muy poderosas, sobre la tierra y en la tierra. Protegen las
ciudades. Reúnen los vivos y los muertos. Las familias tienen su serpiente
doméstica, buen genio del hogar. La lengua de la serpiente cura las
enfermedades y a veces su picadura es un beneficio…
Todos
los pájaros son profetas… anuncian las estaciones, indican el tiempo. Dan
riqueza y salud.
Bailan
en los árboles. Llevan, en los jardines, una vida de jóvenes casados. Hacen
oír, en el matorral, la voz de la primavera que se levanta.
Para
invocarlas, no hay necesidad de templos y de estatuas. Un culto al aire libre,
donde los hombres, de pie entre las arboledas y los olivos salvajes, tienden
hacia los follajes, las manos llenas de cebada y de trigo.
El
canto del ruiseñor, a través de las ramas de los tejos, sube hasta la morada de
Zeus y el coro de los Inmortales responde a esta voz de la naturaleza.
La
cigarra, en el calor del medio día, de pronto loca de insolación, chilla… Es la
hora en que Pan hace su siesta…
Más
sucio que un sátiro, y más caballar, Pan es indecente y descuidado. Su
cabellera es enredada. Muge a los ecos de la montaña, infunde miedo al pequeño
pastor.
Sueña
de amor y música. Su flauta de cañas desiguales eleva, en la tarde, notas
sordas y lastimeras. Se diría el llamado del bosque. Ninguna melodía sobrepasa
este canto salvaje. Las ninfas salen de la fuente para mezclar allí su voz.
El
pájaro, sobre la rama del fresno, entona con su gaznate pardo el último canto
en honor de Pan…El concierto de la naturaleza sube hasta las soledades donde
reside
Más
alto que los campos y los bosques, más alto que los pastos, en el desierto
rocoso que parece privado de vida, una gran diosa tiene su imperio. Allá
resuenan los tamborines de Cibeles. Allá nacen los más altos ríos, que parecen
caídos del cielo. Es el reino de
Los astros cumplen sus rutas exactas; trazan
sobre la bóveda del mundo sus duros surcos. El pastor y el marinero los
contemplan. Saben que estos fanales dirigen su vida. Reconocen en ellos dioses
amigos o funestos, mortales arrebatados a la tierra, bestias familiares o
inquietantes. Hay dos Palomas que, a veces, descienden del cielo, bajo la forma
de bellas niñas, para dar a luz grandes dioses. Otras estrellas son osas o
alguna bestia divina. Hay también un pequeño Cangrejo y un enorme Escorpión. Y
los celestes Gemelos que vivieron sobre la tierra, amigos de los caballeros y
de los marineros. En lo fuerte de la tempestad, hacen lucir su señal en el
cielo entreabierto o vienen a posarse sobre el mástil del barco.
En la
mañana, un gran dios borra las estrellas- el Sol…
Y si
las nubes se amontonan, si la tormenta ruge, si la lluvia cae en chaparrones
súbitos, es que el Cielo-Esposo se inclina sobre
Los
dioses pueblan el mundo. Ocupan allí todo el lugar, o casi todo. Allí se codean
con el hombre y lo estropean.
Hostiles,
benévolos, exigentes, indiferentes- el hombre los encuentra en todo
acontecimiento de su vida.
Visibles
o invisibles, están allá- presencia manifiesta.
Violenta
presencia física, la única convincente. El pelo de Júpiter y de Neptuno es más
negro que natural, tiende al azul. Los ojos de las diosas centellean. El
amarillo de los vestidos brilla como el azafrán. Las joyas son enormes, los
perfumes llenan el cielo y la tierra. Las querellas retumban y el reír es
inextinguible. Los banquetes no tienen fin, y el amor parece incansable. Dioses
corporales que el esfuerzo hace sudar. Juno suda; Vulcano suda y se enjuaga el
rostro y el pecho, que tiene velludo. Cojea con ostentación…
Dioses
que nos ensordecen y nos ciegan.
Al
mismo tiempo, presencias inefables. Otro mundo roza el nuestro y de repente lo invade.
Esta forma humana que los dioses se complacen en revestir y gozar sin
retención, su ser divino constantemente desborda la dimensión y se libra de sus normas. Son, a
nuestro lado semejantes a nosotros, bruscamente irreductibles a nosotros… Unos
meteoros nos chocan, venidos de otro cielo.
Patroclo
avanza, impetuoso, en la llanura de Troya. Las filas enemigas se abren y se
desploman ante él. Masacra burlándose, mata para reír. Un poco después, Héctor
va a caer bajo sus golpes…
Apolo
está detrás de Patroclo. Con la palma de la mano el dios hiere al hombre en la
espalda: los ojos de Patroclo desfallecen.
Apolo
desata la coraza, hace caer las armas: la razón de Patroclo es presa de
vértigo. En este cuerpo estúpido y desarmado, Héctor empuja su pica…
- Qué
cobarde es, este dios Apolo- ¿cobarde? La palabra no lo alcanza. El dios es un
abismo donde desaparece la vida del hombre…
…La
mano que golpea es la misma que libera.
Creso
es un gran rey, un hombre feliz. Apolo lo engaña por los oráculos verídicos.
Creso ve morir su hijo, aniquilarse su imperio. Cae en las manos de su enemigo.
Sube a la hoguera. Ya el fuego se levanta y lo envuelve…
Examina
su vida. Recuerda a un sabio, que antiguamente, le advirtió no confiarse de la
felicidad. La felicidad no pertenece más que a los dioses. Invoca a Apolo…En el
cielo sereno, las nubes se concentran; estalla una tempestad: un aguacero apaga
la pira… El dios hace favores…
…Los
dioses nos pierden y nos salvan. Nos exaltan, nos apremian. Nos habitan.
Son en
nosotros aquellas fuerzas oscuras que luchan con nosotros y que a veces – para
igualar la fortuna y hacer durar el juego – nos prestan una parte de su
energía. Hasta el momento en que fácilmente nos abaten.
Aquiles
vive como un dios la condición humana. Los dioses alimentan en él el
sentimiento de su poder. Se regocija. Vive, a su manera, el instante presente
como si fuera la eternidad. Prueba con violencia la alegría de estar
constantemente listo a todo- a la cólera como a la ternura, a la amistad como
al odio, a la muerte como a la piedad- de ser vasto cielo abierto a incesantes
tormentas. Aquiles acoge toda pasión, devora todo acontecimiento con la misma
hambre insaciable. Todo sustento le es bueno- alegría o dolor- en el acto de
masticarlo. De la muerte desgarradora de su amigo, hace las delicias de la
venganza y la carnicería. Su propia muerte está próxima, lo sabe: nada le
interesa tampoco. La intensidad de su vida efímera contrapesa la eternidad.
Son
los dioses que han vertido en él esta jubilación de vida: reconocen su eterna
embriaguez. Para reducir a nada esta fuerza de la naturaleza, les basta con la
flecha de un cobarde.
Los
dioses, siempre, son más fuertes que los hombres…
…Presentes
en nosotros tienden en nuestro corazón su pérfida trampa. Toman el rostro de
nuestras pasiones, la máscara de nuestras virtudes.
Miran
el cuerpo y el alma de los mortales. Cambian en debilidad la voluntad duramente
conquistada.
Alienan
el pudor en deseo, el amor del bien público en vil ambición. Alienan el ser
mismo, sustraen la razón, infunden la
locura.
Ayax
es después de la muerte de Aquiles, el primero de los Griegos delante de Troya;
es la defensa y el honor de los Aqueos. Tiene derecho a las armas del héroe
muerto, las reclama. Ulises intriga junto a los jefes. La habilidad recibe el
premio debido a la bravura. Ulises lleva a su tienda las armas ilustres. Ayax
ultrajado prepara su venganza.
Atenea
vela sobre los jefes amenazados, sobre Ulises su favorito y su doble. Turba la
razón del héroe. Ayax asesina a Agamenón y Menelao, masacra los griegos, hace a
Ulises prisionero. Él lo cree: no ha hecho más que degollar un rebaño de
carneros.
Héle
ahí, en su tienda, en medio de sus víctimas irrisorias. Atenea levanta el telón
y muestra con el dedo al loco. Un látigo en la mano, flagela a Ulises atado al
poste. Su Ulises no es más que un morueco lanudo. El otro Ulises está en el
umbral de la tienda. Los ojos del demente, que la diosa ha llenado de sombras,
no lo ven… Atenea estalla de risa…
Después
devuelve al héroe su razón, para que conozca su deshonor y se mate…
Tales
son los golpes que nos dan los dioses. ¿Cómo dudar de su presencia? El hombre
los toca en sus magulladuras…
…La
vida del hombre está sobre las rodillas de los dioses. Toda hora de la
existencia humana o de la historia les pertenece, si ellos lo desean. Están
siempre presentes en la primera, en la última.
Tres
grandes diosas, las Parcas, regulan el curso de los destinos mortales. La
primera, Cloto la hilandera, entrecruza el infortunio y la felicidad y teje los
acontecimientos de la vida. La segunda, Laquésis, la suerte, tuerce la cabeza,
tira a la suerte la parte de azar a la que cada hombre tiene derecho. La
tercera es Atropos
A toda
actividad humana- a todo individuo, a todo pueblo- un lote es concedido,
dominio gravado de servidumbre y limitado por un estricto amojonamiento, pero
dado a cada uno con toda propiedad, para que goce y disponga, para que haga
allí, con lo que encuentre, su vida.
El
destino es aquella parte que cada uno recibe, de los bienes del universo - en
propiedad vitalicia.
Los
hombres viven. Se mueven. Son felices, desgraciados. Olvidan los dioses, los
dioses los olvidan. Cada uno pena y corre su suerte. Una alta torre de
felicidad a veces se eleva hasta las nubes. Un imperio domina. Los dioses se
ausentan. A última hora, la de Atropos, la inevitable, ellos vuelven. La vida
se estrella, el imperio se derrumba: Dios está allí.
¡Infortunio
para el hombre muy feliz! El bien sin nubes y sin fin, es una trampa o un
espejismo. Ningún mortal tiene derecho al bien absoluto, privilegio divino. El
hombre que olvida el mal ofende a los dioses. Némesis, celosa guardiana de la
felicidad divina, castiga estas dichas insólitas.
La
fortuna colmaba al tirano Polícrates. Todo le salía bien. Su imperio se
extendía; sus flotas recorrían los mares; su capital se embellecía de grandes
«obras». Los obreros ganaban altos salarios y lo aclamaban. Los poetas, que él
prefería, cantaban sus amores y su gloria.
Un
amigo se asombró de una felicidad tan perfecta. Le dio el consejo de apaciguar
a Némesis, deshaciéndose del más precioso de sus tesoros.
Polícrates
poseía una espléndida esmeralda, colocada sobre un círculo de oro, que quería
mucho y que no quitaba jamás de su dedo. Resolvió separarse, tomó un barco,
ganó la alta mar y lanzó la sortija a las olas.
Algunos
días más tarde, un pescador coge un gran pescado. Lo juzga digno del soberano y
le hace el regalo. El tirano invita al pescador a comer. Se abre el pescado, se
encuentra allí la esmeralda… Los dioses no permiten que se elija su desgracia.
Polícrates
pereció sobre la cruz…Castigo que no merecía su grandeza de alma, dice
Heródoto. Reflexión muy humana. Los dioses hablan otro lenguaje…
Contra
la presencia ineluctable de los dioses, el hombre- este intruso en su universo-
se ha dado algunas armas. Tiene su coraje, su sabiduría, su fiereza.
Cuando
el destino lo desafía, y lo llama a la muerte, él osa a veces mirarle la cara y
replicar. La presencia divina lo rodea y lo interroga. Responde también: ¡Presente!
Así
muere Héctor diciendo:
No hay duda. Los dioses me
llaman a la muerte.
…Atenea me ha engañado.
No está muy lejos, la muerte
cruel.
Héla aquí muy próxima. No hay
refugio.
Así lo ha decidido después de
tanto tiempo.
La voluntad de Zeus y de
Apolo, que me amaban.
El destino ahora me aprehende.
¡Y bien! No comprendo cómo
morir sin lucha
Ni sin gloria. Realizaré
Algo grande que conocerá el porvenir.
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