TRADUCCIONES

Del francés:
Les dieux de la Grece.André Bonnard. Mythologie clasique. Mermod. Lausanne.1944.
Los dioses griegos
Artículos:
El tedio de los intelectuales, de Mathilde La Bardonnie. Le Monde. Paris. Magazin Dominical de El Espectador. Bogotá. 16.11.75
El crimen es político, de María Antonietta Macciochi. Le Monde. Paris. Magazin Dominical de El Espectador. Bogotá. 12.12.75
En torno al poeta italiano Eugenio Montale. Le Monde. Paris. Vanguardia Dominical. Bucaramanga. 12.12.75
Reencuentro con Milán Kundera, de Ugne Karvelis. Magazin Dominical de El Espectador. Bogotá. 28.3.76
Notas y poemas de Mehdi Missaoui. Revista El Café literario. Bogotá. No. 12. 1981
Cuadro de la literatura tunecina de expresión francesa, de Mehdi Missaoui. Revista Hojas Universitarias. No. 14 septiembre de 1982
Del mito al pensamiento racional, de Francois Chatelet. Revista El Gran Burundún Burundá. No. 1
Bucaramanga. 1976
Poesía de los dioses, de André Bonnard. Revista ECO. No. 261. Bogotá. julio de 1983
Palabras mudas, poema de Daniel ASTORG, en homenaje al escritor Emilio Bastidas. Revista Mefisto. Pereire. 1991
Libros:
Autoportrait dans un miroir convexe. Quelqu'un que vous avez déja vu, de John ASHBERY. Paris. P.O.L.1992. Autoretrato de un espejo cóncavo. El mundo de los libros. Pasto. Universidad de Nariño. 2005

 

PRESENCIA DE LOS DIOSES

Un soleil tournoyant ruisselle sous

l'écorce.

ELUARD

El mundo está poblado de dioses. No hay astro en el cielo, cima solitaria o desierto de arena, abismo submarino que no visite la raza de los dioses. No hay vacío en el mundo, ni materia carente de vida. Los dioses por todas partes presentes forman un todo con el Cielo, la Tierra, y el Agua – con la ley que rige los seres y las cosas. En toda porción del espacio, en todo minuto del tiempo, el hombre olvidadizo y razonable afronta de repente esta vida que limita la suya y que la llena. Los dioses lo protegen; lo pierden. Son la Vida y la Muerte. Delante de los dioses: el hombre…los dioses son el Destino del hombre. La Tierra es la más grande divinidad. No ha sido jamás creada, jamás engendrada. Nadie sabe como salió del abismo, al umbral del tiempo, primera diosa, diosa de los anchos senos, ofrece asiento seguro al pueblo de los vivientes… La Noche reinaba. El Día no existía aún. La Tierra existió sola, en su fecundidad sin límites. Entonces engendró el Cielo, que la cubrió. Madre única de todos los seres, no hay raza inmortal o mortal que no haya producido y que no alimente. De su seno fluye lo divino y se divide en múltiples figuras, en creaciones bellas y temibles. Ha creado, en las edades primarias, los Titanes soberbios, los Gigantes escamosos y formas monstruosas de la vida que el tiempo y los dioses han reducido a la noche. Sostiene las montañas, sus hijas, y los vastos bosques y el pueblo abigarrado de los animales. Los montes y los bosques están habitados de presencias inviolables. Los árboles viven una vida secreta. Bajo su corteza, el hombre atento ve manifestarse su divinidad amenazante. Una figura de mujer de cuerpo leñoso se escapa y baila con sus hermanas en la claridad. Un hacha defiende estas hijas salvajes del bosque. Se les oye cantar en las cavernas de la tierra donde tejen invisibles telas. A veces bajan de la montaña, plantan alrededor de una tumba olmos que expresan la duración de una gloria. Los bellos árboles son dioses visibles. Un plátano al borde del río levanta su tronco blanco; sus hojas brillan al sol. Los humanos ingenuamente suspenden ídolos a estas ramas cargadas de belleza. Existe un bosque de encinas que atestigua la verdad… Figuras extrañas de hombres-bestias pueblan las campiñas. Los sátiros son machos cabríos y monos; son lascivos, retozones y bromistas. Son hombres. A veces niños bonitos de orejas puntiagudas. Su flauta se escucha en los bosques de pinos. Roban las uvas. Sus pies hendidos pisan la vendimia. Inventan juegos obscenos. Se introducen en la tragedia que no desagrada. La naturaleza expresa en ellos su impúdica vitalidad. Exhibe su desnudez. Hace el amor con esplendor y ríe del sexo… Las aguas nacen de las grietas de la tierra. En el círculo de las fuentes, se ve palpitar, entre las burbujas, los cuerpos de bellas niñas de cabellos de algas, de ojos líquidos. El amor de las ninfas de las aguas es mortal a los hijos de los hombres. Sus brazos encantadores encierran al adolescente que viene a llenar su cántaro a su fuente. Le arrastran en el abismo helado… La tierra y el agua son divinidades elementales, más poderosas, más fecundas que Júpiter y su cimiente de oro… El agua y la tierra se mezclan y fructifican. Los ríos abren surcos en el duro suelo, desbordan en aluviones, en suaves praderas. Nacen ríos, procreadores, como caballos enteros. Engendran llanuras de profundos surcos y razas de reyes. El náufrago invoca las poderosas divinidades ocultas en sus desembocaduras… La lluvia celeste penetra el seno de la tierra. Hace brotar las flores de la aridez del suelo, hincha los frutos, el trigo y el hombre nacen de la gleba húmeda y negra… Ulises vuelve a su patria. Se arrodilla, besa los terrones alimenticios, besa la tierra que produce el trigo…Luego entra en la gruta de las ninfas. Allá están las reinas de las aguas, las hijas sin nombre, severas guardianas de la vida. Allá se apilan las abejas. Ulises reza y deposita sus dones… …Las bestias son divinidades que se ocultan. Grandes dioses fueron animales, antes de revestir la forma humana. Neptuno fue toro y Deméter yegua. Muchos, por aventura, vuelven a tomar la figura de la bestia: esta águila, este cuco, es Júpiter; este león, este toro, es Baco; esta golondrina es Palas. En la noche, la lechuza es la voz vigilante de Atenea. El hormiguero es una ciudad de dioses-soldados. Los ojos del lobo brillan con un reflejo del resplandor de Apolo, se le levantan estatuas. El caballo que se engancha al carro del combatiente, de repente, habla bajo los arreos, y dice el porvenir… Si encontráis un cangrejo muerto, enterradle y verted lágrimas. ¿Quién sabe qué vida habitó esta caparazón?...- Los hombres para reunirse con los dioses, se disfrazan, en sus fiestas de animales. Se hacen machos cabríos, osos y potros; se vuelven mirlas de agua, grullas, gavilanes y representan tan bien su papel, que los dioses emplean su mímica y les hablan… Las serpientes son divinidades muy poderosas, sobre la tierra y en la tierra. Protegen las ciudades. Reúnen los vivos y los muertos. Las familias tienen su serpiente doméstica, buen genio del hogar. La lengua de la serpiente cura las enfermedades y a veces su picadura es un beneficio… Todos los pájaros son profetas… anuncian las estaciones, indican el tiempo. Dan riqueza y salud. Bailan en los árboles. Llevan, en los jardines, una vida de jóvenes casados. Hacen oír, en el matorral, la voz de la primavera que se levanta. Para invocarlas, no hay necesidad de templos y de estatuas. Un culto al aire libre, donde los hombres, de pie entre las arboledas y los olivos salvajes, tienden hacia los follajes, las manos llenas de cebada y de trigo. El canto del ruiseñor, a través de las ramas de los tejos, sube hasta la morada de Zeus y el coro de los Inmortales responde a esta voz de la naturaleza. La cigarra, en el calor del medio día, de pronto loca de insolación, chilla… Es la hora en que Pan hace su siesta… Más sucio que un sátiro, y más caballar, Pan es indecente y descuidado. Su cabellera es enredada. Muge a los ecos de la montaña, infunde miedo al pequeño pastor. Sueña de amor y música. Su flauta de cañas desiguales eleva, en la tarde, notas sordas y lastimeras. Se diría el llamado del bosque. Ninguna melodía sobrepasa este canto salvaje. Las ninfas salen de la fuente para mezclar allí su voz. El pájaro, sobre la rama del fresno, entona con su gaznate pardo el último canto en honor de Pan…El concierto de la naturaleza sube hasta las soledades donde reside la Madre de las montañas… Más alto que los campos y los bosques, más alto que los pastos, en el desierto rocoso que parece privado de vida, una gran diosa tiene su imperio. Allá resuenan los tamborines de Cibeles. Allá nacen los más altos ríos, que parecen caídos del cielo. Es el reino de la Reina de las montañas, inmóvil fuente de vida…Allá el hombre está cerca del Cielo y de su misterio… Los astros cumplen sus rutas exactas; trazan sobre la bóveda del mundo sus duros surcos. El pastor y el marinero los contemplan. Saben que estos fanales dirigen su vida. Reconocen en ellos dioses amigos o funestos, mortales arrebatados a la tierra, bestias familiares o inquietantes. Hay dos Palomas que, a veces, descienden del cielo, bajo la forma de bellas niñas, para dar a luz grandes dioses. Otras estrellas son osas o alguna bestia divina. Hay también un pequeño Cangrejo y un enorme Escorpión. Y los celestes Gemelos que vivieron sobre la tierra, amigos de los caballeros y de los marineros. En lo fuerte de la tempestad, hacen lucir su señal en el cielo entreabierto o vienen a posarse sobre el mástil del barco. En la mañana, un gran dios borra las estrellas- el Sol… Y si las nubes se amontonan, si la tormenta ruge, si la lluvia cae en chaparrones súbitos, es que el Cielo-Esposo se inclina sobre la Tierra-Esposa – y la fecunda… Los dioses pueblan el mundo. Ocupan allí todo el lugar, o casi todo. Allí se codean con el hombre y lo estropean. Hostiles, benévolos, exigentes, indiferentes- el hombre los encuentra en todo acontecimiento de su vida. Visibles o invisibles, están allá- presencia manifiesta. Violenta presencia física, la única convincente. El pelo de Júpiter y de Neptuno es más negro que natural, tiende al azul. Los ojos de las diosas centellean. El amarillo de los vestidos brilla como el azafrán. Las joyas son enormes, los perfumes llenan el cielo y la tierra. Las querellas retumban y el reír es inextinguible. Los banquetes no tienen fin, y el amor parece incansable. Dioses corporales que el esfuerzo hace sudar. Juno suda; Vulcano suda y se enjuaga el rostro y el pecho, que tiene velludo. Cojea con ostentación… Dioses que nos ensordecen y nos ciegan. Al mismo tiempo, presencias inefables. Otro mundo roza el nuestro y de repente lo invade. Esta forma humana que los dioses se complacen en revestir y gozar sin retención, su ser divino constantemente desborda la dimensión y se libra de sus normas. Son, a nuestro lado semejantes a nosotros, bruscamente irreductibles a nosotros… Unos meteoros nos chocan, venidos de otro cielo. Patroclo avanza, impetuoso, en la llanura de Troya. Las filas enemigas se abren y se desploman ante él. Masacra burlándose, mata para reír. Un poco después, Héctor va a caer bajo sus golpes… Apolo está detrás de Patroclo. Con la palma de la mano el dios hiere al hombre en la espalda: los ojos de Patroclo desfallecen. Apolo desata la coraza, hace caer las armas: la razón de Patroclo es presa de vértigo. En este cuerpo estúpido y desarmado, Héctor empuja su pica… - Qué cobarde es, este dios Apolo- ¿cobarde? La palabra no lo alcanza. El dios es un abismo donde desaparece la vida del hombre… …La mano que golpea es la misma que libera. Creso es un gran rey, un hombre feliz. Apolo lo engaña por los oráculos verídicos. Creso ve morir su hijo, aniquilarse su imperio. Cae en las manos de su enemigo. Sube a la hoguera. Ya el fuego se levanta y lo envuelve… Examina su vida. Recuerda a un sabio, que antiguamente, le advirtió no confiarse de la felicidad. La felicidad no pertenece más que a los dioses. Invoca a Apolo…En el cielo sereno, las nubes se concentran; estalla una tempestad: un aguacero apaga la pira… El dios hace favores… …Los dioses nos pierden y nos salvan. Nos exaltan, nos apremian. Nos habitan. Son en nosotros aquellas fuerzas oscuras que luchan con nosotros y que a veces – para igualar la fortuna y hacer durar el juego – nos prestan una parte de su energía. Hasta el momento en que fácilmente nos abaten. Aquiles vive como un dios la condición humana. Los dioses alimentan en él el sentimiento de su poder. Se regocija. Vive, a su manera, el instante presente como si fuera la eternidad. Prueba con violencia la alegría de estar constantemente listo a todo- a la cólera como a la ternura, a la amistad como al odio, a la muerte como a la piedad- de ser vasto cielo abierto a incesantes tormentas. Aquiles acoge toda pasión, devora todo acontecimiento con la misma hambre insaciable. Todo sustento le es bueno- alegría o dolor- en el acto de masticarlo. De la muerte desgarradora de su amigo, hace las delicias de la venganza y la carnicería. Su propia muerte está próxima, lo sabe: nada le interesa tampoco. La intensidad de su vida efímera contrapesa la eternidad. Son los dioses que han vertido en él esta jubilación de vida: reconocen su eterna embriaguez. Para reducir a nada esta fuerza de la naturaleza, les basta con la flecha de un cobarde. Los dioses, siempre, son más fuertes que los hombres… …Presentes en nosotros tienden en nuestro corazón su pérfida trampa. Toman el rostro de nuestras pasiones, la máscara de nuestras virtudes. Miran el cuerpo y el alma de los mortales. Cambian en debilidad la voluntad duramente conquistada. Alienan el pudor en deseo, el amor del bien público en vil ambición. Alienan el ser mismo, sustraen la razón, infunden la locura. Ayax es después de la muerte de Aquiles, el primero de los Griegos delante de Troya; es la defensa y el honor de los Aqueos. Tiene derecho a las armas del héroe muerto, las reclama. Ulises intriga junto a los jefes. La habilidad recibe el premio debido a la bravura. Ulises lleva a su tienda las armas ilustres. Ayax ultrajado prepara su venganza. Atenea vela sobre los jefes amenazados, sobre Ulises su favorito y su doble. Turba la razón del héroe. Ayax asesina a Agamenón y Menelao, masacra los griegos, hace a Ulises prisionero. Él lo cree: no ha hecho más que degollar un rebaño de carneros. Héle ahí, en su tienda, en medio de sus víctimas irrisorias. Atenea levanta el telón y muestra con el dedo al loco. Un látigo en la mano, flagela a Ulises atado al poste. Su Ulises no es más que un morueco lanudo. El otro Ulises está en el umbral de la tienda. Los ojos del demente, que la diosa ha llenado de sombras, no lo ven… Atenea estalla de risa… Después devuelve al héroe su razón, para que conozca su deshonor y se mate… Tales son los golpes que nos dan los dioses. ¿Cómo dudar de su presencia? El hombre los toca en sus magulladuras… …La vida del hombre está sobre las rodillas de los dioses. Toda hora de la existencia humana o de la historia les pertenece, si ellos lo desean. Están siempre presentes en la primera, en la última. Tres grandes diosas, las Parcas, regulan el curso de los destinos mortales. La primera, Cloto la hilandera, entrecruza el infortunio y la felicidad y teje los acontecimientos de la vida. La segunda, Laquésis, la suerte, tuerce la cabeza, tira a la suerte la parte de azar a la que cada hombre tiene derecho. La tercera es Atropos la Inevitable. En el primer día de vida, graba en la piedra la última hora y, llegada esta hora, corta con las tijeras, el hilo de la existencia. A toda actividad humana- a todo individuo, a todo pueblo- un lote es concedido, dominio gravado de servidumbre y limitado por un estricto amojonamiento, pero dado a cada uno con toda propiedad, para que goce y disponga, para que haga allí, con lo que encuentre, su vida. El destino es aquella parte que cada uno recibe, de los bienes del universo - en propiedad vitalicia. Los hombres viven. Se mueven. Son felices, desgraciados. Olvidan los dioses, los dioses los olvidan. Cada uno pena y corre su suerte. Una alta torre de felicidad a veces se eleva hasta las nubes. Un imperio domina. Los dioses se ausentan. A última hora, la de Atropos, la inevitable, ellos vuelven. La vida se estrella, el imperio se derrumba: Dios está allí. ¡Infortunio para el hombre muy feliz! El bien sin nubes y sin fin, es una trampa o un espejismo. Ningún mortal tiene derecho al bien absoluto, privilegio divino. El hombre que olvida el mal ofende a los dioses. Némesis, celosa guardiana de la felicidad divina, castiga estas dichas insólitas. La fortuna colmaba al tirano Polícrates. Todo le salía bien. Su imperio se extendía; sus flotas recorrían los mares; su capital se embellecía de grandes «obras». Los obreros ganaban altos salarios y lo aclamaban. Los poetas, que él prefería, cantaban sus amores y su gloria. Un amigo se asombró de una felicidad tan perfecta. Le dio el consejo de apaciguar a Némesis, deshaciéndose del más precioso de sus tesoros. Polícrates poseía una espléndida esmeralda, colocada sobre un círculo de oro, que quería mucho y que no quitaba jamás de su dedo. Resolvió separarse, tomó un barco, ganó la alta mar y lanzó la sortija a las olas. Algunos días más tarde, un pescador coge un gran pescado. Lo juzga digno del soberano y le hace el regalo. El tirano invita al pescador a comer. Se abre el pescado, se encuentra allí la esmeralda… Los dioses no permiten que se elija su desgracia. Polícrates pereció sobre la cruz…Castigo que no merecía su grandeza de alma, dice Heródoto. Reflexión muy humana. Los dioses hablan otro lenguaje… Contra la presencia ineluctable de los dioses, el hombre- este intruso en su universo- se ha dado algunas armas. Tiene su coraje, su sabiduría, su fiereza. Cuando el destino lo desafía, y lo llama a la muerte, él osa a veces mirarle la cara y replicar. La presencia divina lo rodea y lo interroga. Responde también: ¡Presente! Así muere Héctor diciendo:


No hay duda. Los dioses me llaman a la muerte.
…Atenea me ha engañado.
No está muy lejos, la muerte cruel.
Héla aquí muy próxima. No hay refugio.
Así lo ha decidido después de tanto tiempo.
La voluntad de Zeus y de Apolo, que me amaban.
El destino ahora me aprehende.
¡Y bien! No comprendo cómo morir sin lucha
Ni sin gloria. Realizaré
Algo grande que conocerá el porvenir.